el perro en la poesía española

Por: Antonio Columela


Señoras y señores, amigos del Seminario de Cultura Mexicana, admiro la capacidad de aquellas personas que tienen un imán atrayente, que apenas y han soltado una palabra y la atención viene a estrellarse contra ellos como mariposas encendidas. Yo no tengo carisma, así que llamaré a las Xanas, a esas hadas diminutas que estarán sobre sus hombros, y que les jalarán las orejas cuando quieran distraerse.
            Como pueden ver, traigo en mis manos el corazón dormido de un perro. Apenas es un cachorro, crecerá, correrá y dormirá su ser entre costillas blanquísimas. El título de la conferencia de esta noche es “El perro en la poesía española”. Y es que a lo largo de mis lecturas poéticas me he encontrado con ese bello animal, que en apenas un descuido ya está moviendo la cola detrás de la página. [El idioma mixteco a designado la palabra ina para definir al perro, con esa delgadez de la 'i', precisamente los perros que he visto en comunidades como Tilangongo o Jaltepec, se me han mostrado delgadísimos, con un hocico como flecha y una cola que apunta hacia el sur, los he visto entrar en la maleza y regresar con comadrejas sangrantes, los he visto perseguir a sus dueños que se han subido a una camioneta enlodadada ara marcharse a sus jornadas de trabajo en la tierra, son tan delgados que el cansancio se les resbala por las costillas.]
            Pero regresemos aquí, a la Casa de la cultura oaxaqueña, con la ayuda de la imaginación de todos ustedes, pondremos este salón oscuro y la noche ascenderá pretendiendo escalar a las estrellas. Alzamos nuestra vista, y de pronto nos fijamos en la constelación Can, cuya estrella más luminosa se llama Sirio. Ustedes ya han notado el latinismo de la palabra 'Can' y la luminosidad de Sirio, así, de súbito entrevemos la relación entre el perro y la estrella, entre el perro y lo luminoso. Justamente Sirio es la estrella que anuncia la llegada de los días calurosos, es decir, de la canícula (en inglés utilizamos la frase dog days, o días de perros).
            Una de las primeras lecturas que tuvimos de niño fue la del gran poeta Alfonso Reyes y su “Sol de Monterrey”:
Sol de Monterrey
            No cabe duda: de niño,
            a mí me seguía el sol.

            Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

            Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

            […]                                        

Vemos cómo el poeta ha recuperado esa relación perro-estrella, ha domesticado al astro y lo ha puesto a caminar a su lado. Voy a seguir con la relación perro-sol con otro poeta, Antonio Gamoneda:

            Junio, aquí estás, como un perro
cálido de suaves ojos.
Llegas y toda la tierra
se llena de luz y sueño.
También, igual que una calle
sola, bajo el mediodía,
de pronto en gritos se incendia;
igual, digo, que una calle
sin tiempo, loca de luz,
sola, sueña acuchillada,
tu nombre, Junio, de perro
trabaja en mi corazón
y de repente comienza
la tempestad del recuerdo.

                                                          

Antonio Gamoneda ha dibujado una tierra llena de luz y de sueño, pero sólo como una cuneta para lo que presentará después, una calle que de pronto ha pasado a incendiarse en gritos, una luz de sol que brilla sobre los cuchillos. Es una canícula llena de dolor, donde comienza «la tempestad del recuerdo». «Igual, digo, que una calle / sin tiempo, loca de luz, / sola, sueña acuchillada, / tu nombre, Junio, de perro / trabaja en mi corazón / y de repente comienza / la tempestad del recuerdo». El idioma italiano ha preferido la frase «avévo una tarántola di inquietúdini in petto» para referirse a la desazón que habita en el pecho; nuestro idioma ha preferido el remordimiento que cava y muerde el corazón. Los que estudian la historia de nuestro idioma saben que 'latir' y 'ladrar' significan lo mismo. Recordemos los versos: «y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos, / y el perro de furia que asilas en el corazón» o «¡ay, perro en corazón, voz perseguida!». El perro que traía en mis manos ahora resuella dulcemente dentro de ustedes.
He dicho perro y algunas personas han sentido las erres como palos y lenguas filosas sobre sus espaldas. A lo largo de la significación de esa palabra, los hablantes la han cargado de un tono despectivo y se ha usado para linchar a todo tipo de personas. Salen de la boca altisonante como pescados podridos contra los semblantes insultados. Traeré aquí a uno de los poetas que ha hecho del lenguaje su mejor cualidad. Francisco de Quevedo afirma en su Virtud militante, contra las cuatros pestes del mundo, glosando y confrontando a Plutarco, que «la envidia es sólo vicio del hombre; de que no participan los animales brutos. Yo añado –dice Quevedo–, que esto verdad tiene excepción en sólo el perro, que a su modo padece envidia, y es envidioso, por lo que le pega la compañía de los hombres». El bello animal de olfato privilegiado que nos acompaña, para Quevedo, no es más que un poseedor de la envidia, somos el pedazo de carne entre su hocico. La ciencia moderna ha calificado al perro como un parásito y no ha visto más allá de sus ojos mansos una estrategia para recibir la comida necesaria.
Dije que la palabra perro es usada para insultar a todo tipo de personas, puede acotarse, pues en el inicio esta ofensa fue contra las minorías, contra los judíos, contra los árabes, y parece que ahora contra todo tipo de persona que tenga una manera distinta de pensar. Quevedo en su otro texto “El gran turco” escribe: «perro morisco, que entre cristianos fue mal moro, y entre moros quiere ser mal cristiano» y en un soneto de 1609 contra Luis de Góngora:
Yo untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas cual mozo de camino
[…]                                        

Añadiré dos ejemplos más donde esta palabra tiene ese misma carga negativa. En una cancioncilla del siglo xvii, 'perro' se vuelve la correa para hostigar al enemigo:
Tú, perro, supiste
también la trayción,
por lo qual, malvado,
morirás aquí.
Y un niño en estos momentos podría estar cantando
Cara de perro
que no tiene dinero.
a uno de sus compañeritos que no tiene monedas suficientes para una golosina. Pero el poeta, guardián de los significados, defiende la palabra y le devuelve una dignidad sólo posible en el lenguaje:
                        Página con perro
Los carabineros detuvieron a mis amigos,
les ataron las manos a los raíles,
me obligaron como se obliga a un extranjero
a subir a un tren y abandonar la ciudad.
Mis amigos enfermaron en el silencio,
tuvieron visiones en las cercanías de lo sagrado.
No la herida del inocente,
no la cuerda del cazador de reptiles,
en mi pensamiento la crueldad tiene nombre.
Me llamaron judío,
perro judío,
comunista judío hijo de perro.
Este no es un asunto que se pueda solucionar con tres palabras,
porque para cada uno de nosotros
esas palabras tampoco significan lo mismo.
Yo he tenido un perro,
he hablado con él,
le he dado comida.
Para alguien que ha tenido un perro
la palabra perro es fiel como la palabra amigo,
hermosa como la palabra estrella,
necesaria como la palabra martillo.
Juan Carlos Mestre

Hemos pasado de la tibia e incendiada luz del sol domesticado al insulto. Porque así es nuestro lenguaje, lo que en un momento parecía minúsculo ha tomado proporciones desorbitantes, lo que antes contenía se ha vuelto el contenedor. Eduardo Lizalde reflexiona en lo que significa llamar o usar perro como designación al animal e incluso llegar al vacío de la significación:
El perro
Este es un perro.
Una criatura que se ignora.
No sabe
que pertenece a una clase
―de cosa o bestia―, ignora
que la palabra perro
no lo designa a él en especial:
cree que se llama perro,
cree que se llama hombre,
cree que se llama “ven”,
cree que se llama “muerde”.

Ustedes conocen a Cancerbero, ese perro de desiguales cabezas y cola de serpiente que aúlla frente al palacio de Hades. Éste tiene un hermano al que cada día engulle, Cancerbero se come a Ortro y esto significa la tarde, la luz crepuscular ensangrentada. También conocemos al famoso perro de San Roque, que ayudó a un convaleciente durante las pestes en Europa. Una historia designa a este perro sin rabo, cuya amputadura termina arrojada al mar convirtiéndose en pez. Si usted ha nacido el 16 de agosto y está frente al mar y repite el siguiente conjuro: «El perro de San Roque no tiene rabo / porque Ramón Ramírez se lo ha quitado», el rabo recuperará su antigua naturaleza y regresará a unirse con el perro.
Este breve repaso por su figura nos lo ha develado desde posiciones míticas y filosóficas  mucho interesantes. Vayamos al animal en sí y a su comportamiento. Uno de los primeros que habla de esto es nuestro magnífico recolector de palabras Sebastián de Cobarruvias, y lo hace sobre la genial manera de enrollarse para buscar dormir:
«¿Por qué el perro cuando se quiere echar da bueltas a la redonda? Respóndese por vía de             passatiempo que anda a buscar la cabecera. El perro es de naturaleza muy seca, y para echarse             recogido no puede doblar el espinazo de golpe, y assi a cada buelta que da dobla un poco hasta que a su parecer está para poderse echar recogido, y por esta su calidad ígnea se llamó perro de           pir piros, ignis».

Los bestiarios medievales y antes Plinio habían puesto al perro al mismo nivel que los caballos, por considerarlos más cercanos al hombre. Genial percepción vista desde la fantasía y la fabulación creativa de los más grandes poetas. Podemos continuar enumerando sus características con el poema de Francisco Segovia:

                        Perro
Da vueltas en el patio  Husmea el pie
que el árbol hunde en su rincón  Agacha
la cerviz como un espectro  viejamente envuelto
en sus harapos   Olisquea inútilmente
la raya larga en que la barda se hinca
como si todo acabara allí   como si por esa rendija
se hubiera ido su tesoro   Hace mil años
que rasca con las uñas esa vieja
costra campesina   apisonada y seca   y marca
con orines un terreno que le arrebataron
hace mil años   Da vueltas
en el patio   el hocico hundido por delante   tercamente
como un tren que sigue el rastro de sus rieles.

También podemos ver otro perro, el perro cuyo lomo ha sido doblado por el tiempo. La estampa es terrible, pues vemos al perro preso de su propia naturaleza, la de envejecer más rápido que los humanos. Hemos crecido junto a ellos y hemos visto su piel volverse costra, a su lomo volverse signo de interrogación y a su hocico sólo alentar una tos que les apisona la garganta. ¿Cuántas veces habrá llovido sobre el perro, pero no es sino la vejez quien inunda sus ojos con la ceguera? El perro es el animal que nos enseña mucho sobre la vejez. Quizá por eso nuestros ancestros veían en él aquel ser que podía pasarnos hacia el otro lado de la vida. Comprender la vejez es comprender algo de la muerte. A continuación, verán un perro ciego:

            Un perro ciego
da vueltas en círculo,
como si se buscara a sí mismo.

            Dibuja así un diagrama atroz,
donde no cabe la esperanza.
Traza la parábola aberrante
de la pérdida hacia adentro
como si no bastara
extraviarse en los otros
o en la enajenación del infinito.

            Esa imagen vulnera de algún modo
todas las imágenes.

                                                           Roberto Juarroz

La vejez y las enfermedades, las pulgas y las garrapatas tachonan de sangre extraída el pobre cuerpo de los perros. Y si escribimos elegías a la muerte de los reyes, de príncipes y poetas, de familiares y amigos, por qué no sumar allí la desdicha por nuestro perro:

                        Llanto por el perro viejo

El perro viejo avanza como puede.
¡A qué confusas órdenes sus patas
obedecen! Las agrias garrapatas
contentarse tendrán con lo que quede
allá adentro en el lomo que no accede
a doblarse por fin. ¡Ah, qué mal tratas
a quien bien te sirvió, que no lo matas
de una vez, tiempo huraño, sino adrede
quitándole uno a uno sus sabores
la médula insondable de los huesos
en que hallaba la vida y los olores
rebosantes de afanes y sucesos!
Avanza el perro viejo entre dolores,
ya sus ojillos en la sombra presos.

Eliseo Diego

También está el otro, el perro callejero al que vemos convalecer cada día con el hurto o con la caridad del humano. Puede vivir años o morir en una pelea contra sus congéneres o ser asesinado mientras hurtaba. Pasa allí cualquier persona y, entre la revolcadera y la indiferencia, el cuerpo va a la putrefacción. Sus costillas y colmillos son blanquísimos, y las almas más sencillas y sensibles se conmueven por tanta blancura. El perro nos acerca y enseña sobre la pureza.
II

            Si viera un perro muerto me moriría de orfandad pensando en las caricias que recibió. Los         perros son como la muerte: quieren huesos. Los perros comen huesos. En cuanto a la muerte,    sin duda se entretiene tallándolos en forma de lapiceras, de cucharitas, de cortapapeles, de          tenedores, de ceniceros. Sí, la muerte talla huesos en tanto el silencio es de oro y la palabra de     plata. Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.

Alejandra Pizarnik

            Ahora, pongámonos las lagañas del perro para ver aquello sólo permitido a sus ojos. Entraremos al reino de lo oscuro, donde hay nieblas con crines que nos avientan al sollozo, donde la desdicha gime y muere en compás de resuello. Estamos perdidos en medio del páramo y de pronto una luz aparece frente a nosotros. Estamos presenciando la visión del Rey don Pedro:
d'él saliera un pastorcico,       sale llorando y gimiendo,
la cabeza sin caperuza,           revuelto trae el cabello
y los pies llenos de abrojos,   el cuerpo lleno de vello
y en su mano una culebra,      en la otra un puñal sangriento,
en su hombro una mortaja      y una calavera al cuello,
a su lado de traílla                   traía un perro negro:
los aullidos que daba              a todos ponen gran miedo

Pero también está el otro animal cuyo carbunclo sobre la frente nos conduce a lo civilizado, al aposento, y donde ya oímos ladrar más perros, perros que nos despiden pero cuyo ladrido nos guía y acerca a una casa. Detrás de la puerta, enrollado en su vigilia, sus ojos se abren y se apaciguan de que sólo es una visita, una persona y no la muerte. Así habla el perro:

                        El perro

            No temas, mi señor: estoy alerta
mientras tú de la tierra te desligas
y con el sueño tu dolor mitigas,
dejando el alma a la esperanza abierta.

            Vendrá la aurora y te diré: Despierta,
huyeron ya las sombras enemigas.
Soy compañero fiel de tus fatigas
y celoso guardián junto a tu puerta.

            Te avisaré del rondador nocturno,
del amigo traidor, del lobo fiero
que siempre anhelan encontrarte inerme.

Y si llega con paso taciturno
la muerte, con mi aullido lastimero
también te avisaré... ¡Descansa y duerme!

                                                           Manuel José Othón

El amo se ha separado de la tierra para acostarse en la cama. Lo enemigo viene con lo oscuro y el perro tiene su bocina de alerta para ahuyentar. «Celoso guardián», no envidioso guardián como anotaba Quevedo. El rondador nocturno, el amigo traidor y el lobo fiero son quien acechan al pobre amo.
Es al lobo y al perro lo que ha unido el folklore casi siempre. En algunos países eslavos, el lobo y el perro representan el cereal. Podemos decir que el oro de Sirio pende sobre lo cereales. «El lobo pasa por la mies» y «el perro está en el grano» se oye decir a los pobladores. Aquí el rabo vuelve a ser protagonista, si el animal atraviesa los campos con el rabo arriba los pobladores lo insultan e intentan matarlo, por el contrario, si pasa mansamente con el rabo abajo se le sigue y se le otorga comida. La relación del perro y los cereales la he encontrado escrita en una magnífico verso de un poeta de Sonora, donde el sol que vio sin duda lo acercó al poder misterioso de Sirio. El poeta habla de un perro que le han regalado cuando era niño:
A los siete años tuve escarlatina;
y por aquello del llanto y el capricho
de estar pidiendo dinero a cada rato,
me trajeron al perro de muy lejos
en una caja de zapatos. Era
minúsculo y sencillo como el trigo
[...]
Abigael Bohórquez

Hemos hallado la relación del perro con el sol, del perro y el corazón y ahora del perro con los cereales. Las relaciones que parecían ocultas se hacen evidentes luego de que el poeta ha hecho resonar el sistro, la campánula o el pandero de las significaciones. ¿Pero qué sucede cuando todos duermen, cuando hasta el perro está poseído por el descanso?
Mudo la noche el can, el día dormido,
de cerro en cerro y sombra en sombra yace.
Bala el ganado; al mísero balido,
nocturno el lobo de las sombras nace.
Cébase y, fiero, deja humedecido
en sangre de una lo que la otra pace.
[...]
Luis de Góngora

Catorce palabras en dos versos nos han mostrado lo terrible cuando el ganado se queda a merced del lobo. La ovejilla no ha notado que la hierba digerida fácilmente es por la humedad de la sangre derramada de su hermana.
El otro gran poeta, Federico García Lorca, ha unido el concepto de amistad, acerca de la compañía del perro, y usando la rima asonante i-o desarrolla un poema donde lo único a lo que nos insta es que oigamos un largo aullido.
            Paisaje con dos tumbas y un perro asirio

            Amigo,
levántate para que oigas aullar
al perro asirio.
Las tres ninfas del cáncer han estado bailando,
hijo mío.
Trajeron unas montañas de lacre rojo
y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido.
El caballo tenía un ojo en el cuello
y la luna estaba en un cielo tan frío
que tuvo que desgarrarse su monte de Venus
y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.

            Amigo,
despierta, que los montes todavía no respiran
y las hierbas de mi corazón están en otro sitio.
No importa que estés lleno de agua de mar.
Yo amé mucho tiempo a un niño
que tenía una plumilla en la lengua
y vivimos cien años dentro de un cuchillo.
Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco.

            El aullido
es una larga lengua morada que deja
hormigas de espanto y licor de lirios.
Ya viene hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!
Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.

            ¡Amigo!
Levántate para que oigas aullar
al perro asirio.
Federico García Lorca

Este poema vio la luz en México el 22 de noviembre de 1937 (tres años antes del mítico Poeta en
Nueva York de la editorial Séneca), gracias a un manuscrito de Genaro Estrada que fue cedido a la entonces Revista Universidad. Otro manuscrito, éste de García Lorca, muestra que el poema llevaba por título antes “Paisaje con dos tumbas y un perro egipcio”. El aullido de Anubis, el que tasa los corazones hacia el otro mundo, quedaría explícito y Lorca prefiere velarlo con otro gentilicio, asirio, salvando también, la rima asonante del poema.
Han desfilado ante nuestros ojos todo tipo de perros. Belleza, fuerza y valor, todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos, como escribió un poeta inglés. Atravesaron llanuras, niebla y sombra, y llegan ante nosotros con su pelaje todavía hirsuto. Pesan sobre sus orejas el reconocimiento de nuestro semblante y el rabo es un rehilete o un girasol, el hocico baja entre sus patas delanteras hasta tocar el suelo: acariciamos al perro manso. Muchas gracias.