Caminando por el mundo

allá, en francia

Por: Guillermo García Manzano


Francia, la bella Francia es algo más que París, su hermosa capital; Francia es historia, faro que ilumina el mundo con el pensamiento de sus mejores hombres; es también la poseedora de múltiples tradiciones que se han hecho presentes más allá de sus fronteras; es música para la vista del corazón y panorama de contrastados colores que integran un crisol luminoso y eterno; es recuerdo y ejemplo, es momento que sacia el intelecto, arte consagrado por el ritual de la pintura y la escultura; arquitectura ejemplar y depurada. Francia es sabor, es color y es armonía, es historia sin límites  que no sean aquellos que cada quien quiera ponerse; Francia es la de los merodingios, los carolingios y los capetos; es Carlo Magno, Leonor de Aquitania y Juana de Arco; es “La Libertad Guiando al Pueblo” de Eugene Delacroix, inspirando la toma de la Bastilla y la Revolución que modificó toda una etapa de la historia de la humanidad, es también el Marqués de Lafayette, es arte musical con  Bizet, de Gounod y Debussy; batallas permanentes y triunfadoras de Bonaparte; inmaculada tinta de Víctor Hugo, valentía de su héroe Charles de Gaulle.  Francia es belleza rubia en Brigitte Bardot y sus rítmicos movimientos de osadía; en la perfección de un rostro  de la “Bella de Día” Catherine Deneuve, es remarcado gutural de Edith Piaff en la “Vida en Rosa”, galanura de Alain Delón; es frío acero que calienta los sentidos al contemplar el símbolo parisino en la obra de Gustave Eiffell y de la sin par convergencia de arquitectura versallesca en la Plaza del la Estrella, en el Arco del Triunfo y en el disfrute de los Champs Elysées o del admirable Teatro de la Ópera, que también se le ha denominado Ópera Garnier; es catedrales góticas esparcidas en sus principales ciudades y poblaciones, la de Noyon, la de Saint Affrique, la de St-Etieene de Metz, la sin par d´Amiens de bella arquería y la que no tiene parangón de Estrasburgo por mencionar algunas.


Francia es perfumes de fragancias motivadoras en la piel de sus subyugantes mujeres; vino, baguette, quesos y sopa de cebolla; es una caldera del buen gusto y la elegancia; es “Un Hombre y una Mujer” en improvisada plática infantil de sobremesa; París es Notre Dame y es bellos puentes sobre el Sena; imponente basílica del Sagrado Corazón coronando el barrio bohemio de Montmartre,   donde los impresionistas Renoir, Manet, Degas, Cezanne y Van Gogh  recitaron el devenir de nuevos tiempos en los lienzos, en el óleo y en la búsqueda permanente  por despertar sensaciones estéticas; es baile  Apache en el Moulline Rouge, donde Toulusse Lautrec y el ajenjo cautivaron entre el Can Can de faldas voladoras a los parisinos sedientos de diversión y aventura, inmersos en la ensoñación de mil cosas más; pero también Francia es la Sorbona y el genio de un Pasteur vacunando a la humanidad; Francia, la heroica Francia de los Enciclopedistas y de los excesos monárquicos, es sobre todo, un tejido de pequeñas ciudades y poblaciones esparcidas  en todo su ámbito territorial.


Allá, en Francia, destaca la región de Perigot-Gordogne en Aquitania, zona herida por las aguas cristalinas del Dordoña, que es el río más largo del país de los francos y que al navegarlo,  nos ofrece espectaculares paisajes cuando somos momentáneos huéspedes de barcazas planas, rudas y pintorescas llamadas gabarras; desde ellas, admiramos las comunidades medievales, los bellos castillos de esa época, las fortalezas rodeadas por pequeñas villas que al correr de los tiempos, permanecen casi intactas en su estilo original; villas adornadas por estrechos callejones, por callejuelas empedradas y por calles de naturales colores que proyectan las vetustas piedras con las que fueron hechas.

Dordoña es testigo vivo de la presencia humana que data más allá de 45 centurias y que es la amorosa madre que recibió en su seno y para los tiempos  venideros, la gruta prehistórica de Lascaux.


En esta región de Francia hacen acto de presencia y muestran una sobresaliente gala los amurallados e inalcanzables castillos de piedra armonizada, protegidos por las alturas de montículos y protuberancias que les ha ofrecido su generosa geografía; más también resaltan finísimas construcciones hogareñas, rodeadas de verdes prados y manchas arboladas, casonas con flores en jarrones y grandes macetas  que  marcan un contraste  colorido. Perigueaux es una comunidad de belleza excepcional; allí se respira tranquilidad, genuina convivencia y también el olor de su muy tradicional gastronomía, siempre aderezada por sus  exquisitas y caras trufas, por sus panes, por una gran variedad de quesos, aceitunas y embutidos, sin faltar el delicioso vino que nos atrapa para gusto y placer del paladar. La experiencia de navegar sobre sus tranquilas aguas y los múltiples canales del Dordoña, así como sus obligadas paradas  momentáneas  de visitas pueblerinas, es simplemente alimento para el espíritu, bello contenido para el recuerdo y una grata sensación de grandeza.