verona

Por: Guillermo García Manzano


¡Qué bien se burla del dolor ajeno quien nunca sintió dolores! Pero, ¿qué luz es la que asoma por allí? ¿el sol que sale ya por los balcones de oriente? Sal, hermoso sol, y mata de envidia con tus rayos a la luna, que está pálida ojeriza porque vence tu hermosura cualquier ninfa de tu coro, por eso viste de amarillo color. ¡Qué necio el que se arrea con sus galas marchitas! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece! ¿Cómo podría yo decirla que es señora de mi alma? Nada me dijo. Pero ¿Qué importa? Sus ojos hablarán, y yo responderé…  Escena Jardín Capuleto (fragmento)

Quien piense en Verona y llegue hasta el balcón de la casa de los Capuletti,  se traslada hasta esos medievales momentos del amor más grande y famoso de todos los tiempos, aquel que inmortalizó el genio de William Shakespeare en su “Romeo y Julieta” los incomprendidos amantes colocados entre el odio de los Montesco y de los Capuleto; aquellos que prefirieron la muerte y con ella, sellar su trágico amor para toda la eternidad.  Aún resuenan los diálogos de un par de adolescentes que en los muros de las vetustas casonas de Verona, vivieron el más corto pero también el más perenne romance. Estar pues en Verona, es llenarnos del más sublime sentimiento del ser humano… ¡el amor!

Situada en el norte italiano, Verona es la capital de una interesante y muy sui géneris provincia que conlleva el mismo nombre. Es dado pensarla como una de las más atractivas urbes itálicas que rebasa el cuarto de millón de habitantes, y la que a pesar de su forma novelesca, aquella de un pasado de espada y puñal, oropel y terciopelo, encajes y chambergos de retorcidas gorgueras, de botín puntiagudo y de pesados, vistosos y gruesos vestidos de gala, que lucían las  veldades de la nobleza veronés, se nos ofrece en el presente moderno y de pujante economía.

En su ya legendaria historia, tenemos que remitirnos a tres centurias anteriores al nacimiento de Cristo, cuando los romanos conquistaron el valle del río Po, quedando bajo el control de su república; más tarde fue colonia romana en el 89 y en el 49 también antes de Cristo, municipium. En aquellos tiempos Verona era el punto convergente de las cuatro vías consulares: la Postumia, la Gallica, la Augusta y el llamado Vicon Veronesium; tal vez por ello fue punto de interés para los astrogodos, los lombardos y los francos.
La ciudad fue floreciendo a la par del ejercicio público de varios de sus gobernantes: Los Scaligeri desde la segunda mitad del siglo XIII, hasta 120 años después en el XIV; los Visconti procedentes de Milano y posteriormente, bajo el dominio de los Duxes venecianos, para después quedar bajo el poder de Maximiliano I, a partir de 1517.  Ocupada por Napoléon Bonaparte en 1797,  pasó a ser tierra austriaca cuando el Gran Corso abandonó la provincia de Verona una vez firmado el Tratado de Campo Formio en octubre de ese mismo año. Por fin, en 1866 se integró a la naciente nación italiana.
Múltiples son sus edificios de gran valor histórico y regia majestad, los que dieron pie para que la UNESCO la inscribiera como Ciudad Patrimonio de la Humanidad; pero sin dudarlo, sus interesantes doce museos, treinta y tres templos católicos, veinte palacios y una maravillosa villa, la Francescatti, sus cuatro plazas principales, elegantes y sobrias como delle Erbe, la Dei Signori, la Bra, y la de San Zeno, todas ellas  rodeadas de calles, edificios públicos, templos y palacios que se antojan extraídos de cuentos y leyendas y que van disparándole a los sentidos su estilística arquitectónica, sus argumentos literarios, su anécdota, su historia y su luz artística; ese conjunto nos hace recibir en el presente un paso de rico, luminoso, soberbio y al par adusto pasado.
Verona, la de los puentes reconstruidos una vez pasada la última conflagración mundial; puentes que relacionan en profusos recorridos, calles y avenidas con el río que la hiere y la alimenta; ciudad fortaleza de otros tiempos que dejó un espléndido testimonio en las puertas que la guarnecían y le daban dinámica a sus pobladores. Bella ciudad que conserva el imponente anfiteatro Arena, cuyo aforo rebasó los 25 mil espectadores; centro urbano del famoso teatro romano  vecino del espectacular Ponte de Pietra de sólida arquería. Es Verona digna de minuciosa contemplación; es ensueño de un amor imposible y trágico que en  pequeñas o grandes cápsulas, todos hemos vivido. La Verona de Romeo Montesco y Julieta Capuleto. 

Como en toda Italia Verona ofrece a quien la visita piedra y sol, arena y oro, luces del arte literario de todos los tiempos, pinturas y frescos que engalanan los muros y las cúpulas de sus templos y tantos y tantos objetos de arte que le dan un señorial brillo y una presencia perenne. Los vinos italianos, las pastas, los bocadillos con diversas influencias europeas, su pastelería, su frígida birra, calmante de la sed de quien camina, de quien recorre sus más interesantes espacios, su oliva y sus quesos y todo esto conjugado en una canasta gastronómica inmejorable, hace el marco esplendoroso, romántico y legendario de un Romeo suspirando por Julieta y terminando sus días en la fría tumba de los Capuleto donde yacía aparentemente su adolescente esposa amada, y de una Julieta que al ver inerte a su Romeo, sin dudarlo tomó la daga que éste aún conservaba en el cinto y la clavó atravesándose el corazón para quedar unidos, repito por toda la eternidad.