Leonora

Por: RA


Una mujer indomable, un espíritu rebelde. Desafió las convenciones sociales, a sus padres y maestros y rompió cualquier atadura religiosa o ideológica para conquistar su derecho a ser una mujer libre, personal y artísticamente.
Nació en Crookhey Hall, mansión gótica situada en Westmeath, Lancashire, Inglaterra. Sus padres, Harold y Maurice, tuvieron cuatro hijos: Gerad, Patrick, Arthur y Leonora. Todos crecieron en la nursery a cargo de la institutriz mademoiselle Varenne y la niñera irlandesa Nanny, quien los distraía con cuentos de seres diminutos: los sidhes. Según Nanny, son espíritus que se corporizan y salen a la superficie del fondo de la tierra, donde se escondieron cuando los gaélicos conquistaron Irlanda.
Para iniciar su educación la envían al convento del Santo Sepulcro en Newwhall, Chelmford, Essex, donde su imaginación desbordada la hace ver grifos en la capilla, oye crecer a las plantas y en la pila de agua bendita de la capilla, ve remar sobre una balsa un tigre diminuto. Leonora rechazaba las tareas en común y se negaba a jugar a la hora del recreo con lo cual altera la disciplina del convento de donde es expulsada antes de un año de su llegada.
El siguiente paso en su educación, cuando ya contaba con quince años, lo da en Florencia, Italia, en la escuela de Miss Penrose, situada en la plaza Donatello, donde enseñan a las jóvenes aristócratas a comportarse en sociedad, tener una conversación inteligente, entrenar a los perros además de equitación y esgrima.
Hace amistad con Elizabeth Apple y ambas escapan en autobús para ver a Piero della Francesca en Arezzo y luego a  Roma donde visitan el Vaticano y el Coliseo lleno de gatos salvajes de ojos amarillos. Siguen a Florencia donde ayudan a rescatar, con una oleada de jóvenes estudiantes, los libros de la Biblioteca Nazionale, en riesgo de mojarse por una crecida del Arno. También visitan Padua y Venecia, antes de regresar al colegio de Miss Penrose, de donde sale Leonora con fuerte ataque de apendicitis que la regresa a su casa.
Su siguiente destino es París, donde se ambienta de inmediato pues desde niña hablaba francés. No permanece mucho tiempo en la escuela de Miss Simpson pues la expulsan por su conducta extravagante. Se dedica a visitar el Louvre y pasar horas frente a la Mona Lisa, caminar al borde del Sena y la calle de los Beau Arts y hablar con cualquiera que le guste.
Llega su madre a rescatarla de esta vida vagabunda y le recuerda una red de restricciones y abstinencias, ritos con que pretende sujetarla para ensalzar su nombre, su alcurnia, las buenas costumbres y la gloria familiar, a lo que ella responde: “mamá, vivir de acuerdo con los demás es una enfermedad”. Viajan a Biarritz, Taormina, Sicilia y recalan en Venecia donde Leonora busca los espacios que ambientaron la novela de Thomas Mann.
De regreso a Hazelwood, intenta convencer a su madre de que le permita estudiar pintura en Londres y ella responde que los artistas son inmorales, viven en amasiato en sucias buhardillas y son pobres y homosexuales. En cambio, la prepara para ser presentada en la Corte real, como una ratificación de su buen nacimiento y certificado de pureza de sangre. Después de su presentación, acude a los bailes de la temporada al palacio real  y a las carreras hípicas en Ascot, donde no le permiten apostar  al caballo que le gusta. En todos estos lugares se aburre y muestra su aburrimiento con conductas exéntricas que escandalizan a la estirada nobleza británica.
Sus padres insisten en que lleve una vida normal de acuerdo con sus añejas costumbres. Tratan de casarla con Sir John Taylor, abogado de la familia, noble y rico, pero ella insiste en que lo que quiere: ir a la escuela de artes. Ante tanta insistencia, Harold Carrington permite a su hija asistir a la Escuela de Arte de Chelsea, con la condición de que no le proporcionará apoyos pecuniarios.
Del palco real, Leonora pasa a un sótano o a una buhardilla. Acude a la Academia del pintor francés Amedee Ozenfant, quien le enseña a dibujar una manzana con un solo trazo y a conocer el origen, y uso de los materiales de dibujo. Hace amistad con Úrsula Goldfinger y Stella Snead, mayores que ella, y juntas recorren la Tate Gallery y las librerias de usados, donde Leonora compra libros de Alquimia. Su madre le obsequia “Surrealismo” de Herbert Read, en donde descubre dibujos y collages de Max Ernst que la hacen ver de manera distinta las obras de la Exposición Internacional de Surrealismo en la Galería Mayor y comprende que puede poner el arte al servicio de su imaginación y que el surrealismo es una revolución permanente que empieza por uno mismo.
Ernest Goldfinger organiza una cena para Max Ernst a la que asiste Leonora emocionada y ansiosa por conocer al hombre  que tiene como credo una frase de Lautreamont: “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”. La atracción entre ambos es instantánea e irresistible. En los días que siguen, Leonora descubre en Max un hábil artesano, en quien lo manual es la esencia de su creatividad. Le enseña que el frottage y el grattage le permiten crear más allá de la pintura realizada con técnicas tradicionales.
A pesar de la diferencia de edades y de que Max está casado, Leonora decide vivir con él y unirse al grupo de Ady Fidelin, de la mujer de Nushi, de Eluard, de Penrose, Eileen Agar y otros, que viven a toda prisa en un mundo que se desangra en la locura de la guerra mundial. Así lo comunica a su familia en una despedida llena de reproches, de parte de su padre que termina por desconocerla y desheredarla. Su madre, en cambio, le promete apoyarla en cualquier circunstancia
Una vez en París, se integra a la alocada vida de los surrealistas y convive con Joan Miro, Man Ray, Salvador Dali, Andre Breton, Paul Eluard, Benjamin Peret, y Marcel Duchamp quienes la admiran y aceptan por su arte, que comienza a florecer, como por la independencia y rebeldía que la marcan en todo lo que hace. Pero Marie Berthe Aurenche, segunda esposa de Max, no los deja vivir en paz, por lo que deciden abandonar París y trasladarse a San Martín d’Ardeche.
En este pequeño pueblo, la pareja lleva una vida tranquila, realizando farsas teatrales, pintando y escribiendo y cultivando los viñedos y huerta de la pequeña granja que compraron con dinero de Maurie, la madre de Carrington. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la situación se trastoca, pues Max, por ser alemán, es llevado a  un campo de concentración, lo que enloquece a Leonora, pues se pone a dieta de papas y vino, hasta que llega a rescatarla su amiga Catherine Yarrow, con quien acepta viajar a España, país neutral en el conflicto bélico.
Llegando a Madrid, se hospeda en el hotel Roma, donde la encuentra Van Ghent, empleado de Harold Carrington en la sucursal de Imperial Chemical en Madrid. Acuden al consulado en busca de ayuda y el cónsul reconoce que Leonora no está bien y requiere tratamiento psiquiátrico. La encargan al cuidado del doctor Alberto Martínez y Alonso, quien al ver que su tratamiento no da resultado, la interna en un sanatorio atendido por monjas. Leonora abre puertas y ventanas y trepa al tejado, altera todo el convento y la Superiora se declara incompetente para controlarla. La trasladan al sanatorio del Dr. Morales en Santander, donde tratan solamente a gente distinguida.
Sufre un tratamiento con Cardiazol, medicamento descubierto por el médico húngaro Lasislaus  Von Meduna, que equivale a un electro shock. Leonora sufre graves crisis de locura. Enviada por su padre, llega la anciana Mary Kavanaugh, “Nanny”, a quien le encargaron reportar a la familia el tratamiento aplicado a  Leonora y su progreso. Nanny consigue le den telas y pinturas y le permitan sacar libros de la biblioteca del sanatorio. Con estas actividades y la llegada de un médico inglés, dedicado a la psiquiatría que trata a Leonora, se logra que la den de alta, aunque todos reconocen que no está totalmente curada. Los médicos Morales la envían a Madrid al cuidado de una enfermera para preparar su viaje a la casa familiar en Inglaterra. En Madrid se hospedan en el hotel Imperial y Leonora tropieza con Renato Leduc a quien cuenta sus padecimientos. Él le promete ayuda si lo busca en la embajada de México en Lisboa. El director de Imperial Chemical en Madrid le comunica que Mr. Carrington decidió enviarla a otro sanatorio en Sudáfrica, para lo cual tiene que viajar a Lisboa y embarcarse a su nuevo destino.
Leonora acepta encantada y llegando a Lisboa se escapa de sus cuidadores y acude a la embajada de México buscando a Renato Leduc. El cónsul Manuel Fernández le ofrece inmunidad diplomática cuando ella le comenta que la busca la policía. Su encuentro con Renato fue placentero ya que él no le pregunta nada y la lleva a comprar lienzos y pinturas para que trabaje mientras se embarcan rumbo al Nuevo Mundo.
Leonora se aventura a recorrer las calles de Lisboa, atestadas de refugiados que buscan emigrar a América. En el tumulto, ella ve con incredulidad la cabeza blanca de Max y su reencuentro es atropellado por la sorpresa. Él le cuenta que la fue a buscar a St. Martin, recogió algunas de sus telas y se refugió en Marsella. Ella le confiesa que se casó con un mexicano, lo que le permitiría alejarse del control paterno y él le relata que vive con Peggy Gugenhein, quien pagará su pasaje a Nueva York como ya lo hizo con Andre Breton.
Obtener visa para partir hacia América es difícil por falta de documentos. En cambio Renato logra obtener su salida en el “Exeter” hacia Nueva York antes que Peggy, Max y su grupo. Renato trabaja por la mañana en la embajada de México y por la tarde acompaña a Leonora a caminar por Central Park y en un andén del metro encuentran a Stella Snead, quien fue compañera de Leonora en la academia de Ozenfant, quien también se encuentra en Nueva York.
Van a visitarlo y se reencuentran con el grupo surrealista y Peggy. Se reúnen en su casa Kurt Seligmann, Jimmy Ernst, Berenice Abbot, Amadee Ozenfant, Andre Breton, Fernand Leger,Marcel Duchamp, Piet Mondrian y Luis Buñuel. Peggy organiza la muestra “Art of this century” donde Leonora presenta “The horse of Lord Candlestick”. Breton comenta: “Después de ver tur dibujos, creo que es importante que escribas sobre tu locura”. Max insiste a Leonora que irse a México es un error pues no tiene galerías ni está en el mercado del arte. En cambio Renato le comenta: “México es una país virgen, no hay snobismo ni sofisticación, tenemos hambre en todos los sentidos”.
A su llegada al Distrito Federal por la estación de Buenavista, Leonora se sorprende con los hombres que recorren las calles montados en caballos o cargando en sus espaldas enormes muebles o pesados bultos y las mujeres que esconden sus rostros morenos tras los rebozos. Renato, ahora periodista, trabaja   en “El Universal” y consume el resto del día en las cantinas de las que sale por la noche para llegar con Leonora, abandonada y aburrida en su casa de Mixcoac primero, y luego en el número 110 de la calle de Artes en el centro de la ciudad de México. Poco a poco aprende un español mexicano, salpicado de palabras gruesas, que es el que usa Renato y que será uno de los atractivos que le ganan popularidad a Leonora.
Decide localizar la embajada inglesa y allí conoce a Elsie Fulda, esposa de un empresario mexicano: Manuel Escobedo, que toma a Leonora bajo su protección. Poco después, encuentra caminando por la calle de Gabino Barreda de la colonia San Rafael con sus perros, a Remedios Varo. Ella vive enel número 18 de esa clle y comparte departamento con Benjamín Peret. Allí se reúnen Kati Horna, Esteban Frances, Wolfgang Paalen, Alice Rahon, Eva Sulcer, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, César Moro y Emilio Westphalen. En esta compañía, Leonora revive cuando Remedios le enseña a pronunciar Quetzalcoatl, Xicotencatl y la motiva a escribir cuentos de personajes de los mercados de Jamaica y la Merced con lo que desaparecen su angustia y aburrimiento.
Leonora pinta para sí misma y Remedios ilustra los catálogos de Bayer. En agosto de 1943 escribe “Memorias de abajo”, cien páginas de las que Pierre Mabille, psiquiatra francés, dice que son un tratado del sufrimiento. En una cena organizada en casa de Remedios, Leonor conoce a Imre Emerico Weisz, fotógrafo húngaro, compañero de Henri Cartier Bresson, Robert Capa y Gerda Taro, con quienes vivió y fotografió los horrores de la Guerra Mundial.
En Mexico, Imre se llama Chiki Weisz y Leonora lo admira después de oir las aventuras y desventuras que padeció para salir de Europa. Cansada de los compromisos y parrandas de Renato, decide abandonarlo y vivir en casa de Elsie Escobedo y comenzar a convivir con Chiki Weisz de quien pronto resulta embarazada. Llevan una vida llena de carencias en un departamento de Álvaro Obregón 174, donde Leonora pinta con fervor aunque nada vende. Termina “L’amor che move il sole e l’altre stelle”. El 14 de julio de 1946 nace su hijo a quien nombra Harold Gabriel, quien despierta el sentido de maternidad de Leonora, lo que sorprende a todos sus conocidos.
Llega a su vida Edward James, excéntrico inglés, coleccionista millonario que al ver las pinturas de Leonora queda asombrado y quiere comprar todas, incluso las que aun no ha realizado. Se vuelve parte de la familia y convive con ellos y con Leonora en su mínimo taller en donde le ayuda, poniendo título a sus cuadros y sugiriendo combinaciones de colores o personajes. En 1948 escribe un ensayo sobre la obra de Leonora y promueve su primera exposición en Nueva York.
Leonora pinta celebrando el nacimiento de Harold Gabriel “Night nursery everythig” y “Kitchen garden of the Eyot”. Un año después nace su segundo hijo, Pablo y ella pinta “Chiki, ton pays” rememorando el trayecto de Chiki para llegar a México desde Hungría. Leonora florece, es el símbolo perfecto de la maternidad, nunca ha sido tan feliz.
Pinta “Crookhey hall”, “Seraputina’s rehearsal”, “Kandy Murasaki”, “Plainchant”, “Nine, nine, nine”, “Sacrificio a Minos” y “Sidhes, the White people of Dana Tuatha de Danann”. Con una buena situación económica, planea un viaje a Inglaterra para que sus hijos conozcan a su familia y al hogar natal. Viajan muchos días en tren para llegar a Nueva York y embarcarse en el “Queen Mary” y llegar a Calais y luego a Southampton donde la abuela Maurie los recoge y lleva a Hazelwood.
Después de una estancia de pocos días, viajan a París donde encuentran a Andre Breton, único superviviente del grupo de surrealistas. Los demás han muerto o se han desperdigado por el mundo. Leonora lleva a sus hijos a Hautevives y al valle del Ródano, a dormir en una granja vitivinícola. Regresan a México con una visión de Europa muy diferente a la que esperaban.
De nuevo en la ciudad de México, Edward le compra “La giganta” y permite que “Town and Country”, “Time” y “Art news”, publiquen su foto y elogios a la pintura y a la pintora. En 1950, la galería “Clardecor” le brinda sus muros y la galerista Inés Amor, al visitar esa exposición, impresionada por la creatividad de Leonora, la incluye en “El retrato mexicano contemporáneo” exposición organizada por el Museo Nacional de Arte Moderno y el Instituto Nacional de Bellas Artes.
En 1957, su segunda muestra en la galería de Antonio Souza atrae a un público en el que se encuentran Juan Rulfo, Mathías Goeritz, Juan Soriano, Rufino Tamayo, María Felix y Patsy O’Gorman. Souza, descubridor de Francisco Toledo, consigue que una de las pinturas de Leonora se incluya en una exposición de arte contemporáneo en Houston.
Alice Rahon invita a Leonora y Octavio Paz a comer a su casa. Se agregan Eva Sulzer y Remedios Varo y coinciden en que la poesía como la pintura, deben tomar la calle. Organizan “Poesía en voz alta” con apoyo de García Terrés desde la Universidad Nacional. Montan “La Hija de Rapaccini”, Leonora se encarga de los  decorados y vestuario. A los ensayos acuden Diego de Meza, María Luisa Mendoza y Carlos Fuentes, quienes hacen comentarios y agregan detalles al montaje. Juan Soriano se incorpora al diseño del vestuario de las siguientes obras: “La cena del rey Baltazar” y “El libro del buen amor”.
Ignacio Bernal, director del Museo de Antropología, le propone pintar un mural sobre el mundo maya que se colocaría en el museo frente al de Tamayo. Leonora acepta y viaja a San Cristóbal Chiapas, a casa de Gertrudis Duby, para conocer el mundo mágico de los mayas que funde con el mundo mágico de los celtas. Pinta el mural en tres partes, en el lado izquierdo una gran cabeza de jaguar, en el derecho, una ceiba, en el centro un caballo blanco, un sol y una luna, una serpiente voladora. En la parte inferior, los chamulas pequeñitos, rodeados de tapires, buitres, leopardos y monos araña.
Después de terminar el mural, Leonora pinta “Dolphin Conference”, “El Ravarok”, “Alchimia avium” y “Song of Gomorra”. En octubre de 1963, entra en un periodo de depresión por la muerte de su amiga Remedios Varo. Pinta “The burial of the patriarchs” y “The burning of Bruno”. Se recupera cuando conoce al médico Alvaro Lupicon, con quien convive en un departamento situado en la esquina de Roma con Liverpool, donde conoce un amor diferente a los que había sentido anteriormente.
Sus hijos Gaby y Pablo, comienzan a estudiar medicina en la UNAM, aunque Gaby se cambia a Filosofía y Letras al cabo de un año. Participan activamente en el movimiento estudiantil del 68, imprimiendo y repartiendo volantes, marchando con sus compañeros y presentando happenings y números de circo para dar a conocer las demandas de los estudiantes. Luego del 2 de octubre y la represión siguiente, Leonora sale con sus hijos a Nueva Orleans a casa de Larry Bornstein, donde permanecen hasta fines de 1969, regresando a México. Encuentran el ambiente universitario muy cargado y prefieren regresar a New York a continuar sus estudios.
Leonora los sigue y encuentra departamento frente al Gramercy Park, cerca de la librería Kristine Man y el centro Carl Jung, que cuenta toda la obra de ese científico y otros textos de psicología y esoterismo. En 1970, muere Maurie y Leonora viaja a Hazelwood a despedirla. También recorre Irlanda, la isla Mann y Escocia. Visita las piedras de Stenness Orkney y bebe scotch a la salud de su madre.
De regreso a New York prepara una exposición para la galería Iolas y otra para el Museo de Arte Moderno de Austin Texas; publica “La puerta de piedra”, escrita varios años atrás. Además de la muerte de Maurie, comienza a sentir el peso de los años y el abandono de sus hijos. Vuelve a México donde ya es una celebridad visitada por el galerista, el aficionado, la crítica de arte, los coleccionistas de arte y los periodistas.
Los homenajes se multiplican, la UNAM la titula en el Aula Magna de Filosofía y Letras. Sus cuadros tienen mayor demanda y valen más, lo que le permite viajar a Estados Unidos a visitar a sus hijos en la universidad de Virginia. En Nueva York inaugura su exposición en la galería Brewster, publica “The seventh Horse” y “The  house of fear”, una selección de sus cuentos. Vuelve a la librería Kristine Mann y confiesa a Carl Hoffmann que siente la vejez y el temor de morir, porque nadie le ha explicado la muerte.
De regreso a México, su avanzada edad no le permite trabajar y recibe a periodistas e investigadores que se interesan por su vida y obra. A fines de 2011, con más de noventa años, abandona este mundo que le dio dolores y satisfacciones y de ella podemos decir. “despertó pasiones y correspondió a casi todas, porque supo que el deseo que no se satisface, abrasa el cuerpo y vivir encenizada no es vivir”. (Elena Poniatowska”).

RA 19.