El culto a San Isidro. Percepción de su imagen en un pueblo mixe

Por: María Luisa Acevedo Conde


En todos los templos del culto católico que he visitado en México, me he encontrado con la figura de San Isidro, representado como un labrador que guía una yunta de bueyes que tira de un arado con el que se  van trazando los surcos que recibirán las semillas.  En España se le representa con ropas campesinas y aperos agrícolas, pero no necesariamente con yuntas, como normalmente se le ve en nuestro país.
En cierta ocasión me encontraba en un templo del distrito mixe observando sus características arquitectónicas, cuando entró una mujer que se detuvo frente al altar de San Isidro Labrador y depositó en él varias mazorcas de maíz, chayotes, semillas de calabaza y unas horquetas pequeñitas. Estábamos en los primeros días del mes de mayo y faltaba  poco para el inicio del temporal que se espera empiece el 15 de mayo, precisamente el día dedicado a San Isidro, y se prolongue hasta los primeros días de octubre cuando el llamado “cordonazo de San Francisco”, una serie de días con precipitaciones intensas, cierre el ciclo anual del periodo lluvioso.
Supuse que se trataba de ofrendas propiciatorias que la gente lleva tanto a las figuras religiosas que están en los templos, como a los adoratorios de las cuevas, donde se cree que viven los espíritus protectores de los pueblos y, entre ellos, el dios de los “mantenimientos”, es decir, aquel que concede el buen desarrollo de los productos que constituyen la base de la alimentación del popular.
Al acercarme un poco más al altar de San Isidro, escuché que la mujer  hablaba a la imagen y le decía que ahí le dejaba una muestra de lo que, con la bendición de Dios, quería obtener del terreno que iba a sembrar y que esperaba que el santo llevara sus súplicas ante el Señor para que le concediera obtener una cosecha abundante. Añadió que ahí dejaba también unas horquetas (que son representaciones esquemáticas de las yuntas), porque quería su ayuda para tener ganado y poder arar sus parcelas.
Pocos días después, se celebró el tianguis semanal del pueblo y al pasar por el “baratillo”, que es el lugar donde se comercializa toda clase de animales vivos, vi a la misa persona que había estado ante el altar de San Isidro, comprando toros. Me acerqué a ella y observé cómo escogía los animales y pagaba el precio de dos novillos los que, concluido el trato, se llevó a su rancho. Días después, la mujer regresó al templo en compañía de otra persona y ambos se dirigieron al altar de San Isidro en donde encendieron velas y pusieron flores; supuse que lo hacían para agradecer a la imagen haber podido obtener los animales, pero vi que también dejaban un papel en el que había algo escrito. Cuando se fueron, me acerqué y leí dos palabras que estaban ahí anotadas: “escribano” y  “cheverría”, pero como no sabía que significaban,  fui a la casa de una familia a la que le tenía confianza y conté lo que había visto. Ahí me informaron que esas palabras eran los nombres que se habían elegido para los toros recién comprados, pero al saber esto me  sorprendió que uno de ellos fuera llamado con el apellido del entonces presidente de la República. También me dijeron que la persona que acompañaba a la propietaria de los toros era una especie de “padrino”, lo cual me pareció demasiado tratándose de animales. Lo importante, sin embargo,  era saber por qué les ponían nombres y por qué se los encomendaban a San Isidro Labrador.
San Isidro es el santo al que se le pide ganado bovino, al que se le encomiendan estos animales y ante quien se les adjudican nombres propios para que pueda saber con precisión por quienes debe velar.
 San Isidro se concibe como una figura importante porque tiene dos toros que se aprecian como tonas o animales compañeros que no sólo son fuertes, sino también símbolo de riqueza, pues además de que en el trabajo muestran ser muy resistentes, su precio es alto y no cualquiera puede adquirirlos.
Los toros se compran principalmente para trabajar las parcelas de cultivo con la ayuda del arado, lo que implica un esfuerzo menor por parte del campesino, pero también son un medio para enriquecerse a través de su reproducción. Sin embargo, como es difícil que una sola familia compre varios animales, se acude a la práctica de convenir la cruza mediante un sistema que no demanda el uso de dinero, sino acuerdos verbales que se cumplen escrupulosamente. Así, el propietario de un toro se convierte también en propietario del primer becerro de la vaca que lo engendra, mientras que el segundo pasa a ser propiedad del dueño de la vaca. Cuando las crías crecen, se incrementa la posibilidad de concertar cruzas y de aumentar el número de animales en propiedad y aunque siempre se corre el riesgo de que los animales mueran por enfermedades, por ser atacados por murciélagos o por desbarrancarse si no los cuidan bien, la expectativa está en obtener crías que, si bien es necesario mantener, no tienen que ser compradas y representan dinero para la familia. Puede decirse que son una especie de ahorro.
Los toros reciben un nombre para que los identifique quien los cuida y para que los identifique San Isidro que es  su santo protector, pero dicho nombre se formaliza cuando se le comunica a la imagen delante de un padrino.
Esta idea con respecto a la imagen sagrada está afincada en la visión del mundo proveniente de la matriz civilizatoria mesoamericana. Se trata, me parece a mí, de una representación extraída del marco de la cultural occidental en la que se originó, para ser colocada en un contexto donde es comprensible y funcional para los mixes, entre quienes continúa vigente en gran medida la cultura tradicional de raíz prehispánica a través de la cual eligen, adoptan y reinterpretan aquello que les llega del exterior y se incorpora a su cultura.
En este contexto interpretativo, a San Isidro no se le ve como un simple labrador, sino como un hombre afortunado, especialmente favorecido por Dios y quien le dio dos animales protectores que lo hacen fuerte y capaz de interceder exitosamente ante él para favorecer a los hombres. Así, San Isidro y su yunta vienen a ser asimilados como una unidad en la que el énfasis se pone no en el hombre, sino en la yunta,  vista ésta como una doble “tona”  que simboliza el poder y la fuerza del personaje a quien acompaña.