Casilda Flores Morales, Un alma devota

Por: Acontragolpe


Eran los primeros años del siglo XX, la otrora Antequera del Valle de Oaxaca,  hacía poco había sido renombrada como Oaxaca de Juárez, era una pequeña población del Sureste del país, con el rimbombante reconocimiento de ciudad; era el centro político, económico, cultural, educativo de una vasta región. Aquí se concentraba el poder político y religioso, desde hacía cuatro siglos.

No hacía mucho, había roto su aislamiento secular, que le había dado una serie de características únicas, que le permitieron tener una fuerte identidad propia; uno de sus hijos más notables, Porfirio Díaz Mori, Presidente de la república, se preocupaba por modernizarla. Fue así, cómo gracias a su empeño y a su propio peculio, se instaló el telégrafo, posteriormente, se tendieron las vías  la vías del Ferrocarril Mexicano del Sur, del ferrocarril TransIstmico y del puerto de Salina Cruz.

La incipiente industria, produce hilados, jabón,  cerveza … más que industrias, pequeños talleres familiares, destinados a satisfacer las necesidades locales, de artículos de primera necesidad, porque importarlos de otros estados, los hacía incosteables.  Oaxaca, se mantenía de sus artesanías y de un activo comercio local; allende las regiones del estado, los sábados se realizaba el enorme tianguis, conocido por los vecinos como: “el día de Plaza”.

Ciudad de profunda identidad religiosa, contaba con un templo, por cada 800 o 1000 habitantes, por lo sus ritmos eran marcados por las actividades religiosas. La gente se despertaba antes del Alba, para asistir al Rosario a las cuatro de la mañana y a misa a las cinco. A estas horas se realizaba el desayuno y, posteriormente, el almuerzo. Por ello, las compras se realizaban al anochecer o muy de madrugada, para tener lo necesario para la familia.

Eran numerosas y concurridas, las fiestas  patronales en los diversos barrios, así como un sinnúmero de festejos menores, entre los cuales discurría plácidamente la existencias de  “Los Nitos”, forma en que se autonombraban , los citadinos, palabra formada por la contracción del reconocimiento como : hermanito, manito ,nito…. Albas, convites, novenas, Misas de Función, Procesiones del Corpus, Octavas, Cuaresma, Pascua, Todos Santos, Navidad; marcaban los ritmos de la ciudad y sus diversos barrios.

Fue precisamente, dentro de el populoso Barrio de la China, frente a la Pila de Juan Diego, que en un día 9 de abril de 1910, nació la niña Casilda Flores Morales. Hija del matrimonio de Faustino Flores, originario de la Natividad, en Ixtlán y, de Luisa Morales Contreras, antes de Casilda, había nacido Esperanza, posteriormente nacieron Celestino y Lolita (quienes fallecieron muy pequeños). La familia, expendía aguas frescas en el mercado del Marques del Valle (Actual mercado Juárez Maza), pues, María “la horchatera, era su tía “.

El hogar de los Morales Flores, se encontraba a la misma distancia de los Templos de San Francisco y de San Juan de Dios, más por alguna razón especial, decidieron asistir a San Francisco, donde eran parte importante de la comunidad. De tal manera, que hacía 1950, Casilda, junto con sus hijos Lalo y Teresa, ingresaron como Terciarios Franciscanos, asistiendo a las diversas actividades de la Tercera Orden. Además de ser católica ferviente, Casilda amaba entrañablemente las costumbres oaxaqueñas, era asidua a las calendas, por lo que en no pocas ocasiones fue Madrina de la Calenda de la Navidad, en los Templos de San Francisco, San Juan de Dios, San Juanito ( San Juan Chapultepec).  Cada año, se trasladaba a pie, primero acompañada de su hija Tere y, después, de su nieta Socorro, a la novena de la Inmaculada en San Juanito, para de ahí ir, a Guadalupe, asistir a la Soledad, donde tenía de la costumbre de ofrecer café y pan a los peregrinos y a quienes asistían a las mañanitas de la Patrona de los Oaxaqueños, el 18 de Diciembre.

Porque era de gusto, y porque se ganaban sus vitos (centavitos), acudía a La Primavera, a comprar el perfume más exquisito, que ofrendaba al Señor de la Misericordias, en el Templo de San Juan de Dios, o los perfumes parisinos, que humildemente ofrecía a la Virgen de la Soledad o a la del Carmen Alto. Diariamente, visita al Santísimo Sacramento, recorriendo los templos de la ciudad, según lo indicaba el Circular de las 40 horas. Cada día primero, ofrecía su vela de cera virgen (purísima o altar, de la velería ( Will&Baumer). Durante las novenas, ofrendaba “la tercerilla” una vela pequeña, muy adornada, que de manera especial, las señoritas Bourguet, elaboraban de manera exquisita, por petición expresa de doña Casilda, quién la llevaba al inicio de la novena y  que se utilizaba para acompañar al Santísimo, cuando terminada la bendición, se realizaba “la reserva “en el Sagrario del Templo.

Casilda, la mujer de manos pródigas, la de corazón abierto, la del alma sencilla, la mujer devota, que diariamente cumplía con las labores del hogar, se daba tiempo para preparar sus aguas frescas y venderlas, y aún tenía ánimos y fuerzas para cumplir con sus deberes religiosos… de avanzada edad, apoyada en los brazos de la Chatita o de Socorro, cumplía con todo, como solo una autentica China Oaxaqueña, lo sabe hacer.

Con humildad franciscana, nunca se ufanó de lo que hacía, porque todo lo que ella ofrendaba, brotaba de los más profundo de su ser, una mujer que amó hasta el agobio a su Redentor y a su Madre Celestial, que siguió los pasos del “poverello de Asís”, siendo mansa como el lobo de Gubbio y que, a ejemplo de Teresa de Calculta, dio, y dio, y nunca se cansó de dar…Mas su mansedumbre era engañosa, pues cuando era necesario, se fajaba las enaguas y , los mismo se enfrentaba a locatarias del mercado, que a gobernadores malqueridos, o al mismísimo ejército federal. Pues la fuerza de sus convicciones, se sustentaba en la fortaleza de su espíritu y la grandeza se la noble raza zapoteca.