El maestro de cantar a las cosas simples: Alberto Cortez

Por: Orzaly Valdez


 El día de hoy, 4 de abril, al entrar a  las cuatro paredes blancas que llamo oficina, escuché dos canciones de Alberto Cortez en la radio matutina. Inmediatamente una sonrisa iluminó mi rostro y en menos de un segundo cruzaron mi mente y mi corazón un sinfín de recuerdos.
En un intento de compartir mi alegría liberé el primero de los muchos comentarios sin camino que enuncio a diario para hacer llevadera la labor: “Hoy estamos muy Alberto Cortez”. Mientras me sentaba mi corazón se detuvo cuando desde el escritorio de junto me contaban que el cantautor acababa de fallecer. Pensé en él y en el peso que sus canciones tienen en mis recuerdos; es increíble lo mucho que puede pesar en tu intimidad alguien que siempre fue tan reservado con su vida personal.
Conocí la obra del argentino desde muy pequeño con un álbum recopilatorio que vendían en los puestos de revista. En una época en la que tener en el auto cinco álbumes de distintos artistas ya era equivalente a declararte melómano, sospecho haber escuchado ese disco varias decenas de veces al lado de mi madre y de mi abuela; qué  poco sabían ellas de lo mucho que estaban influyendo en mis gustos y en mi forma de ver la vida.
En aquel momento yo no lo sabía pero hoy tengo muy claro que “Callejero”, “Mi árbol y yo” y “Miguitas de ternura” fueron algunas de las primeras canciones que me hicieron pensar en escuchar música distinta, música que saliera del corazón, de esa que solo los cantautores cantan, en esos tiempos la radio estaba plagada de calles con sirenas y mambos que no contaban más allá del número 5, esa era música divertida pero no pasaba de eso.
Con “El abuelo” entendí qué tan bello es conocer y valorar de dónde venimos, “A partir de mañana” me hizo ver lo importante de ser cada  día mejores, “Castillos en el aire”, definitivamente mi favorita, me enseñó que sin importar cuánto creciera nunca debía dejar de soñar y “El vino” me hizo descubrir un placer inagotable: el de la poesía recitada.
No solo eran las letras las que me atrapaban, era también su música. A ratos solo con un piano y otras veces con una orquesta plagada de coros y arreglos dignos de un ensamble  de jazz. Yo escuchaba esas piezas elegantes y alegres cargadas de un aire que sonaba arcaico y que poco a poco te invitaban a seguirlas;  un compás tras otro ganaban mi atención, para al final coronarse con un rugido magistral digno de alguien que ha entregado su vida al arte.
Por momentos aquella voz atronadora se convertía en un susurro dulce y cuando la canción lo requería, aquel canto se transformaba poco a poco en un poema, bien es cierto que a tan corta edad uno no entiende de contextos musicales. No entendía que ese sonido y aquella forma de relatar la poesía eran algo muy de los 60´s y 70´s;  no sabía que aquel hombre había abandonado la licenciatura por el sueño de ser artista; no pasaba por mi mente que en el 96, solo unos años antes de esto que relato, un accidente médico lo había hecho despedirse de su guitarra y mucho menos sabía que “Cuando un amigo se va” la había escrito en Madrid cuando al otro lado del mundo enterraban a su padre.
Cuando uno tiene tanta niñez encima solo le explican que el canto se estudia pero no que la vida moldea el alma ni que las cicatrices tiemblan en la garganta cuando uno canta. Con el tiempo conocí a otros cantautores de letras cada vez más complejas, incluso muchos que rayaban en la pretensión, pero a pesar del tiempo y de toda la diversificación musical que he  vivido, en mi celular siempre he tenido a la mano las canciones de Alberto Cortez.
Quizás sea cierto que la edad y la distancia lo vuelven a uno nostálgico y hoy aprecio  más aquellas notas que me acarician el corazón, sin embargo también crece mi admiración por su arte lejos del sentimiento. Muchos lo llamaron “El Cantor de las Cosas Simples” y cómo no, mientras Silvio soñaba con serpientes y Serrat nos contaba historias de vampiros, él le mandaba una rosa cada día a Renée Govaerts y después nos relataba la vejez como la más dura de las dictaduras. Muy lejos de ser algo despectivo, quién alguna vez haya intentado adentrarse en los caminos del arte sabrá lo difícil que es narrar lo cotidiano de manera sencilla sin perder la elegancia ni la majestuosidad. Cantar a las cosas simples es quizás lo más fácil que alguien puede hacer. Esa es una tarea que se debe hacer desde el corazón, con destreza y con el punto exacto de complejidad para quitarle lo simple sin volverlo difícil de digerir; a eso se le llama grandeza.

Hoy me queda un agradable sabor al saber que aunque la música esté de luto, la tristeza no duele en los corazones tocados por su música. Aunque hoy un amigo se haya ido nos quedan tantas y tantas miguitas de ternura tatuadas en el alma que siempre nos invitarán a hacer de este un mundo mejor.