Transmigración de las almas

Por: Prometeo Alejandro Sánchez Islas


El tránsito del alma hacia un ser diferente, después de la muerte, es motivo de inacabables controversias y dogma fundamental de varias doctrinas. Se le relaciona equívocamente con la metamorfosis (transformación) y con la resurrección (volver a la vida).

Todo me sale tan mal que comienzo a creer que no es la crisis ni soy yo, sino mi karma. Me han dicho que karma es el resultado de las acciones de mi yo pasado, es decir, de esa persona que se portó mal y que ahora paga, de alguna manera, sus errores, siendo yo mismo esa persona, pero en otro tiempo y en otro cuerpo.
Bueno, debo decir que esta explicación me hace sentir cómodo, pues me auto-descargo de culpas presentes, ya que mis mala racha es culpa de otro, aunque ese otro sea yo, pero en otra incomprobable época, de modo que vengo a ser como una víctima del pasado.
Bajo esta explicación no puedo presumir mis éxitos (los pocos que tengo), puesto que también vendrían a ser mérito de mis acciones en un ignoto pasado, en lugar de mi propio esfuerzo y talento en el presente.
Sin embargo esta simplificación no me satisface, pues si el conjunto de acciones buenas y malas que transmigraron con el alma del yo muerto hace años o siglos, al yo de ahora, determinaron mi comportamiento y las características de mi cuerpo, en una especie de círculo vicioso en el que mi parte mala sigue portándose –incontrolablemente- mal, evitando que en la rueda de las reencarnaciones yo me libere de la maldad, ya que siempre quedará aunque sea una poquita debido a mi imperfección humana, y por tal razón me vea impedido de alcanzar la liberación, pues para ello se requiere la pureza, la cual no podré transmitir a mi yo futuro pues en mi siguiente reencarnación el alma seguirá cargando todas mis malas acciones y pensamientos, condicionando así mi liberación futura.
Ante mi confusión, me han explicado que esa liberación se llama Nirvana , que es una especie de estado de beatitud que obtendría si logro expiar todas mis malas obras (actuales y pasadas), y con ello liberarme del sufrimiento al alejarme para siempre de los fenómenos y circunstancias que rodean la vida material humana. Otra forma de entenderlo sería la extinción de mi yo de la realidad material en este planeta, para siempre jamás, al haber superado totalmente el odio, la lujuria, la codicia y la ignorancia… ¡menudo reto!
En ambos casos, sea la beatitud o la extinción, es imposible probar la existencia y condiciones del Nirvana, ya que por tratarse de otra “dimensión”, resulta indescriptible con el reducido lenguaje e instrumental humano, además de tratarse de “algo” que sólo puede experimentarse al morir liberado.
Tal vez por eso un maestro budista intentaba explicarme que el Nirvana no es esa abstracta “dimensión” ajena a la especie humana, similar a una meta por alcanzar, sino la naturaleza más profunda de uno mismo, que no tiene por qué ser medida, pesada o descrita, y que desde muy dentro de nosotros marca las pautas morales. Le llaman en la hermandad budista “vacío” o “condición intrínseca”.
Hasta aquí la explicación dogmatica me parecía suficiente. Pero… ¿la simple acumulación de puntos buenos construye un buen karma? ¿Cuántos hay que colectar para lavar los puntos malos de las vidas pasadas y garantizar el buen renacer? La dificultad de concretar una respuesta me llevó ante un maestro hindú, quien sostiene que todo karma es malo, ya que está contaminado por las pasiones humanas y que sólo puede liberarse en el proceso del renacimiento, mediante una compleja operación llamada “samsara”. Otro maestro también sostiene que el karma es “malo” porque éste determina las acciones, tanto buenas como malas y por lo tanto estamos atrapados. Un maestro más, afirma que el destino conduce nuestras acciones y así fabrica el karma futuro. Otro más asevera que es la divinidad (o divinidades) quien nos guía como piezas de un complicado ajedrez. Y finalmente un gurú dice estar seguro que es el esfuerzo humano el que edifica un buen karma mediante virtudes larga e individualmente cultivadas.
Recuerdo que los antiguos egipcios embalsamaban los cuerpos para que éstos acompañaran al ka o “fuerza vital” hasta el momento del juicio final ante Osiris, cuya alma (ka) se salvaba o era devorada por un monstruo (retornar al mundo en una forma de vida inferior), pudiéndosele ayudar con oraciones, sortilegios e himnos.
También los pitagóricos (griegos del siglo VI a.C.) creían en el continuo renacimiento de las almas, las cuales al ser inmortales pasaban de un cuerpo a otro, purificándose paulatinamente en cada reencarnación a su paso por el averno, hasta liberarse del ciclo y obtener su propia vida, independiente de cualquier cuerpo físico.
Para el filósofo Platón el alma era preexistente y absolutamente espiritual, y una vez que ingresaba a un cuerpo se manchaba por su contacto con las pasiones humanas, pero recordaba siempre una pequeña porción de sus existencias anteriores. Si en ella se cultivaba el buen carácter, el alma podría regresar a su estado puro original, pero si se había estropeado sin remedio, terminaba eternamente en Tártaro, una especie de infierno, que sirvió de inspiración a judíos y cristianos con posterioridad.
Esta forma de misticismo fue cultivada por los cabalistas hebreos primitivos, cuyos adeptos pretendían alcanzar el éxtasis mediante la meditación y diversas fórmulas mágicas, cuya meta era alcanzar el trono de Dios, simbolizado por merkava el carro de Ezequiel. Sin embargo, al no ser tan claro el viaje del alma hacia merkava pasando por encima de las siete esferas astrales, el judaísmo abandonó la idea de la transmigración, excepto como explicación simbólica.
Mi interés por el tema me condujo a los orígenes del cristianismo, entre cuyos antagonistas identifiqué el maniqueísmo, doctrina creada por el persa Mani después de haber sido educado rigurosamente en una secta bautista del siglo III de nuestra era. Su versión del universo era dual: el ámbito de la luz, el espíritu o el bien, gobernado por Dios y el de la oscuridad o de “los problemas” gobernado por Satán. Ambos estaban separados al principio, pero una gran catástrofe permitió que el campo de la oscuridad invadiese el de la luz, dando inicio a una lucha perpetua. La raza humana es producto de ese nuevo cosmos y por ello contiene tanto el cuerpo, que es material y perverso, como el alma, que es espiritual y representa un fragmento de la luz divina.  El hombre logra su redención al cultivar la sabiduría impartida por mensajeros divinos como Buda, Jesús y el propio Mani, para dominar los deseos carnales que sólo sirven para perpetuar el encarcelamiento del alma y ascender al campo divino una vez que se conoce el ámbito de la luz. Su postura le valió ser condenado por hereje, tanto por cristianos como por zoroastristas .
Cabe decir que los maniqueos, al igual que los budistas e hinduistas, desde aquellos lejanos años están divididos entre quienes sostienen que hay un grupo de elegidos, llamados a cultivar la perfección espiritual mediante el comportamiento virtuoso, el ayuno, el celibato y la oración, con lo que aseguran su ascenso al campo de la luz después de la muerte, y por otro lado, un grupo más numeroso, que califica lo anterior como “postura egoísta” ya que niega al resto de los humanos el perfeccionamiento personal con miras a alcanzar la anhelada iluminación, puesto que no están dedicados al sacerdocio sino a los deberes cotidianos. En cualquiera de los casos, cuando todos los seres humanos -hayan sido elegidos o pasados por múltiples reencarnaciones-, rescatarán todos los fragmentos de luz divina, los cuáles al ser unidos, permitirán separar la luz de la oscuridad, de una vez y para siempre, con lo que el mundo material será destruido.
En mi búsqueda de respuestas ahora me encuentro desconcertado, así que acudo al viejo maestro tibetano para que sosiegue mi alma y me otorgue un poco de esperanza respecto a mi futuro… o a mis múltiples futuros.
Su respuesta, ante mi necesidad de purificar mi vida, liberándola del peso del karma, discurre entre la autoindulgencia y la automortificación. Le llama “Camino de las ocho etapas como vía para suprimir el sufrimiento que sobrelleva toda existencia”. Aquí las comparto para quienes deseen independizar su alma de las reencarnaciones eternas, y del riesgo de renacer en un animal o en un vegetal, como ciertas doctrinas afirman al otorgar “espíritu” a los árboles y aliento vital a los animales.
1.- Rectitud de miras y fe en las Cuatro Nobles Verdades ; 2.- Voluntad de practicar el budismo; 3.- Corrección de la palabra, procurando que ésta sea verdadera y amistosa; 4.- Prudencia en la acción, evitando de forma expresa el homicidio y la fornicación; 5.- Ejemplaridad en el estilo de vida, manteniéndose lejos de ocupaciones inmorales o indeseables; 6.- Predisposición a los pensamientos positivos; 7.- Autoconciencia y 8.- Contemplación verdadera o meditación.
Los budistas abrevian lo anterior en tres caminos: moralidad, meditación y sabiduría.
No estaría mal intentarlos.
Nirvana significa “extinción” en sánscrito, el antiguo lenguaje de India. Está relacionado con experiencias religiosas de tipo budista, que en occidente podría equipararse al “cielo”.
Zoroastro fue un profeta persa que fundó una religión cuasi-monoteista en el siglo VI a.C. muy influyente durante un milenio.
Buda sintetizó su enseñanza en las siguientes “Cuatro nobles verdades”: 1.- La vida es sufrimiento; 2.- La causa de este sufrimiento proviene de que el hombre desconoce la naturaleza de la realidad y se apega a los bienes materiales; 3.- El sufrimiento puede tener fin si el hombre logra superar su ignorancia y renuncia a las ataduras mundanas; y 4.- El camino para lograr esta superación es la Óctuple Senda o Camino de las Ocho Etapas.