Semana Santa en Oaxaca

Por: María Concepción Villalobos López.


 

Especial lugar en el calendario religioso de la antigua Huaxyacac  merece el tiempo que corresponde a la Cuaresma que en su versión contemporánea, pese a las exigencias de la vida moderna,  rebasa el ámbito puramente religioso para hacerse presente con su misticismo, sus rituales y creencias en casas, calles, plazas, parques y escenarios, cobrando incluso carta de identidad en los mismos centros de trabajo.
Celoso tiempo de guardar es la Cuaresma, que puntualmente se inicia con el arrepentimiento y la fe del Miércoles de Ceniza,  que  cada viernes deja un respiro para la algarabía juvenil que se desborda en los paseos florales del “Llano” en los que con profundas variantes en relación con las crónicas nuestros abuelos, aún pueden verse los rostros de jóvenes  atrapadas en el halago y la galantería de los obsequios florales que sonrientes reciben entre música y coquetería; lindas oaxaqueñas que dejan por momentos sus aulas universitarias contratando  con las recatadas señoritas –nuestras abuelas– que luego del rezo matinal, furtivamente escapaban de la vigilancia de sus padres para aceptar el galanteo de un amor platónico.
Cuarenta días de sacrificio y abstinencia, de respeto y reflexión que con la vigilia de los viernes nos obliga a sacar del recetario de la abuela los secretos de la gastronomía:  bocadillos de papa servidos en coloradito o en caldo de haba; hueva de pescado frita;  bocadillos de camarón, caldillo con nopalitos y ni que hablar de los dulces de garbanzo o los sabrosísimos bocaditos de miel; capítulo aparte merecen las aguas frescas en la mesa cotidiana o las obligadas del cuarto viernes, esperado viernes de Samaritana, que entre horchata con tuna, limón con chía, chilacayota y otros sabores, tantos como la creatividad lo permita, dan marco a la representación del pasaje bíblico de Jesús y la bondadosa mujer de Samaria que si bien es cierto antes se realizaba en los templos oaxaqueños y en las fuentes de los barrios  que se llenaban con aguas frescas y eran  adornadas con pétalos de rosas para obsequiar a vecinos y feligreses, en la actualidad  han traspasando las barreras del tiempo y el espacio, para convertirse en una ecléctica manifestación de alegría, tradición, folklore y vistosa convivencia que se instala en  calles, casas, centros de trabajo y en muy distintos lugares de la ciudad,  pues hay que decirlo, el viernes de Samaritana, con sus aguas y su festejo, sólo se vive en Oaxaca de Juárez.
Tiempo de guardar en que nuestros abuelos cuidaron todos los detalles, acomodaron su vida privada y social y las exigencias de una estricta religiosidad que les obligó a elegir la música que escuchaban –música sacra, por supuesto– que en las plazas públicas aún rompe el silencio con las notas del Stabat Mater del oaxaqueño Juan Matías; la elección de juegos como el ancla, las serpientes y escaleras y la lotería; tiempo de guardar en el que todavía somos  invitados a compartir en algunos hogares del Viernes de Dolores, sexto viernes de Cuaresma en el que se dispone un majestuoso altar místico, ritual y lleno de simbolismo –como todo en nuestra vida– en el que se reza el vía crucis, se hace oración a la Dolorosa, se canta y ¿por qué no?, también se agasaja a los invitados con las recetas de antaño: tortitas de chileajo, de frijol con queso y aguas frescas de chía y chilacayota, “un tentempié” nada más para pasar el rato.
Cuaresma que culmina con la Semana Santa y su  procesión de Domingo de Ramos; de  Jueves Santo de lavatorio de pies y visita a las “Siete Casas”, de pan bendito en el atrio del templo, de custodia al Santísimo Sacramento del Altar y Oración en el Huerto; Viernes Santo de  vía crucis y siete palabras que cada año se dicen como si fueran nuevas y que esperanzados escuchamos como si fuera la primera vez; Viernes Santo de Procesión del Silencio que como en otras ciudades, aquí  exhibe el dolor, la tristeza, el luto en cada una de las imágenes cargadas en andas e invariablemente acompañadas con los estandartes de las hermandades y cofradías oaxaqueñas,  que retando el viento y la gravedad, luchan por mantenerse erguidos durante el recorrido; Viernes Santo de pésame a la Santísima Virgen de la Soledad, transformado en alegre romería ante la llegada de miles de fieles que desfilan ante su imagen en el atrio de la basílica y Sábado Santo  día de guardar, día de luto y silencio que de tanto en tanto rompe el sonar de las matracas, o con el recuento de historias que nos refieren aquellos tiempos en que el Sábado de Gloria era el día de “riguroso baño” y uno que otro “cinturonazo” para los niños que no crecen. Sábado que espera la llegada de la noche para “abrir la gloria” y celebrar  la Pascua de la Resurrección, esa que nos dice que la muerte ha dado paso a la vida; que nos invita a renovarnos en otro  ciclo que se cumple.

Que los oaxaqueños de ahora participamos más o menos de nuestra tradición; que los oaxaqueños de hoy hemos cambiado nuestros hábitos, nuestras creencias y en muchos casos hasta le fe religiosa, es indiscutible; pero que en nuestras venas aún corre una espiritualidad especial que nos fue heredada; que nuestras calles se vuelcan en misticismo y fervor divino, es también una gran verdad que de tanto en tanto puede sentirse al salir a la calle  para recrearse, para expresar abiertamente su muy peculiar identidad oaxaqueña, para dejarse llevar por los vientos del pasado que en la época de Cuaresma nutren y oxigenan las venas de esta centenaria y hermosa   ciudad de Oaxaca.