la vida y la muerte

Por: José Demetrio Quiroz Alcántara


“Triste estoy porque nací, ¡alegre porque me muero “…

Es erróneo pensar que el ser humano es la única especie viva que reacciona ante la muerte de un congénere; especies de animales modifican su comportamiento ante la muerte de un familiar o un miembro del clan; los etólogos y muchas personas que conviven con los elefantes han observado de manera sistemática cómo los elefantes se rehúsan a abandonar el cadáver de un miembro del grupo familiar, incluso han registrado la manera en que intentan reanimarlo, levantarlo con los colmillos y refieren que ha sucedido que años después, cuando vuelven a encontrar restos óseos, los reconocen olfativamente y tratan de volverlos a reunir.
Entre los seres humanos los rituales relacionados con la muerte nos refieren a épocas muy remotas; todas las culturas tienen  una serie de procesos funerarios toda vez que en  el colectivo humano existe la noción de trascendencia más allá de la muerte. Muy elaborados rituales, como los de los faraones egipcios, (cultura a la que siempre asociamos con el culto a los muertos);  las tumbas de los emperadores chinos, en especial la del emperador Shen ( Quing Shi Huang) , quien se hizo enterrar en  la tumba más magnifica elaborada en la historia de la humanidad, acompañado de su famosísimo ejército de terracota y de  sus concubinas y esposas  sacrificadas; y ni que decir  de las anónimas momias del desierto de Atacama,  por cierto, las más antiguas del mundo, son parte de una larga lista de rituales  funerarios que sería prácticamente imposible mencionar completa.
El actual territorio mexicano,no es la excepción, aquí podemos apreciar con claridad, sobre todo en el centro , sur y sureste, que  corresponde a  Mesoamérica, las tradiciones vivas  de los pueblos originarios, siendo casi nulas o inexistentes en las áreas de Aridoamérica y Oasisamérica, correspondientes a la parte norte del país. Para  los estados con mayor presencia de pueblos originarios, la celebración del Día de Muertos, es la celebración más grande del año, esta fecha pasa desapercibida en los estados norteños, que se encuentran tratando de crear una nueva identidad.
Bien dice el dicho “que al fin y al cabo, para morir nacimos”; sin embargo, nunca ha sido fácil aceptar la muerte, tal vez por ello  se han elaborado una serie de procesos de duelo como un apoyo para  enfrentar la pérdida del ser querido, desde la forma de como manifestar el luto, la manera de cuidar y preparar el  cuerpo del difunto; esto es, cuántos días se velara, quiénes  apoyaran, qué comida y bebidas se ofrecerán, qué hacer durante el novenario del difunto, el ritual de la elaboración del “Altar de la levanta de Cruz” , los cuarenta días, el cabo de año y otras prácticas que acompañan a los deudos en el proceso de comprender el final de la vida.
Ya lo dijo Mateo Arreola Calvo originario de Sola de Vega: “triste estoy porque nací, alegre porque me muero”, y aunque pareciera ser algo ilógico, en este dicho, se presenta la cosmovisión judeocristiana: Triste, porque mi alma deja el cielo y alegre porque dejo de sufrir y regreso al lugar de origen;  porque aunque  algunos por problemas muy personales desean partir de este mundo, para muchos es difícil dejar la vida, por muy lamentable que sea la existencia; incluso se dice de las almas que por alguna situación de apego, aún después de  muertos, se rehúsan a partir y reposar, convirtiéndose en las llamadas “almas en pena”.
Para las poblaciones originarias y mestizas la dualidad Vida-Muerte no es un antagonismo; tampoco es complementaria, pues se trata de  una transición hacia otra forma de existencia, en la que las limitaciones físicas desaparecen para dar paso a  la incorporeidad, es decir seguimos, existiendo, sin las ataduras del cuerpo físico.
Nuestros antepasados siguen presentes en todos los momentos de nuestra existencia con la finalidad de  velar por quienes seguimos estando en la tierra; por ello, siempre que se emprende una actividad, se les pide que velen por el feliz término de la misma; para ello se ofrece un responso en latín y unas gotas de mezcal o aguardiente, el tabaco, ya sea en hoja o en forma de cigarros, así como su luz, con una vela o veladora; ya se trate de iniciar la siembra, de emprender un viaje o peregrinación, iniciar una nueva etapa de vida, desempeñar un cargo público, siempre se ofrece, en primer término al “Dueño del Lugar “ ( El Creador), a la Madre tierra (la esencia Divina) y, a las almas de quienes nos han antecedido .

Podemos afirmar que en Oaxaca  el obligado tránsito a una nueva manera de existir es también ocasión para el disfrute, pues aquí el momento es acompañado con velorios y entierros en los que no falta la música, el baile, la quema de cohetones y la comida que durante la tristeza por la ausencia física, también nos habla de la enorme alegría, pues aquí sabemos que la vida no termina con la muerte.